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martes, 22 de diciembre de 2015

El gigante que le fue arrebatado al mar



El esqueleto de Charles Byrne mide 2´5  metros desde el hueso del talón hasta el punto más alto del cráneo.  Actualmente se le puede visitar en el Museo de John Hunter, en Londres, y es uno de los especímenes biológicos más interesantes de la colección de este museo que custodia la Real Academia de Médicos de Inglaterra.
Pero esos huesos deberían estar en el fondo del océano. Su enorme caja torácica sería un excelente refugio para pulpos, madréporas y pequeños peces asustadizos. En lugar de eso, las costillas están pegadas con cola adhesiva  al esternón y ensartadas a una ristra de vértebras y huesos que cuelgan , bajo el cráneo, de un soporte metálico de casi tres metros. A su lado, subido a un taburete forrado con terciopelo negro, le hace compañía el esqueleto diminuto de un enano siciliano. Charles Byrne hubiera deseado desaparecer, disolverse en el agua, pero soporta, con una forzada sonrisa mineral y en posición de firmes, el paso de los siglos. De pie, en su vitrina. Allí está desde 1782, gracias a la voracidad del doctor John Hunter.
Visualicémonos a nosotros mismos ante esa vitrina, mirando fijamente hacia arriba hasta que nos duelan las cervicales, y , si somos capaces de olvidar el olor a naftalina o a formol que flota en la sala , dejemos volar la imaginación.
Ésta es la breve historia de cómo unos huesos que nunca dejaron de crecer  pasaron desde una pequeña cuna irlandesa de musgo hasta una enorme y fría  vitrina, esquivando su destino: el mar.
Aunque resulta muy difícil discernir los antiguos motivos e inclinaciones de una persona con sólo observar su esqueleto, vamos a presuponer que Charles Byrne, en el fondo y muy a su pesar, era un gran tímido. 
Charles fue concebido sobre un montón de heno. Desde el momento en que sus padres se percataron de que habían traído al mundo algo parecido a una equivocación, atribuyeron su desgracia a este hecho. Así mitigaron su culpa y acallaron los rumores de las gentes  de la aldea.
El niño de los Byrne debió de alimentarse de rústicos potajes de patata, como los demás, pero le hacían más provecho que a sus amigos  y su cuerpo crecía sin descanso, y sin vergüenza.
Pronto se percató de que era  más fuerte que los otros niños, que sus manos eran el doble de grandes y que los adultos se iban quedando cada vez más “ahí abajo”. Y aunque las articulaciones le chirriaban en cuanto se movía, desde muy pronto trabajó como un adulto y fue consciente de la impresión que causaba en las mozas de la aldea. Podríamos imaginar que el hecho de sentirse diferente le hubiera podido acomplejar y convertirlo en un ser retraído y melancólico, pero, si alguna vez sintió algo parecido a esto no dudó ni un segundo en apartar de  un enorme manotazo semejante pensamiento de su cabeza, acompañándolo de alguna expresión soez emitida con su grave y tremenda  voz .
Cuando le ofrecieron una vida más fácil exhibiéndose en las barracas de feria de toda Irlanda no se lo pensó dos veces, y superó la pérdida de dignidad con las ventajas de obtener más reputación y dinero. La fiereza de su mirada tras los barrotes de la jaula  se transmitía con muecas de una aldea a otra  y sus demostraciones de fuerza eran conreadas por niños y adultos allá por donde iba. Para mantener constantemente esta pose de dureza necesitó una cierta ayuda: los brebajes que le proporcionaba la  mujer barbuda de la feria y los alcoholes baratos que le ofrecían en las tabernas con tal de poder observarlo de cerca le servían para tal fin. Con veintiún años y tras varias peleas bravas y feas, fue expulsado de la feria de Cork. Decidió marcharse a Londres en busca de nuevos públicos a los que asombrar o de un trabajo mejor.
Al llegar notó que la gente de la calle lo recibía  con mayor avidez por observar lo monstruoso que había en él. Por más que los que le miraban con ojos desorbitados tuvieran las encías sin dientes y las miradas perdidas, necesitaban compararse con alguien aun más repulsivo y así resaltar el menor resquicio de belleza o de bondad que  quedara en ellos.
Al principio la ciudad se comportó como un gigante sórdido y hediondo que trataba de engullirlo, pero con el tiempo su fama le permitió conseguir un trabajo digno. Se mudó a un buen apartamento en Charing Cross y la fortuna le confirmó su valía. El alcohol era mejor y más caro. La prensa se refería a él como el último Coloso vivo y la curiosidad se mezclaba con la codicia en la mirada inquisidora de los médicos que le visitaban.
                Uno  de ellos era el doctor John Hunter, un famoso médico poseedor de una extensa colección de fetos, momias y órganos disecados gracias a los cuales se dejaba admirar por la profesión. Cuando le medía y le exploraba parecía entrar en un éxtasis ensimismado que a Charles nunca le gustó. Por esta razón Charles hizo redactar un testamento  en el que se establecía que al morir sus restos fueran arrojados al mar. No quería caer en las garras  de ningún médico. Toda una vida siendo observado había sido suficiente, el terror de ser exhibido sin su consentimiento le perturbaba más de lo que podía soportar.
El gigante irlandés, como le llamaban, alternaba su vida frívola y complaciente con la alta sociedad con otra oscura y nocturna en los garitos donde bebía para acallar el vértigo que le producía la fama a su delicada sensibilidad. Recordemos que, aunque él no lo supiera, era muy tímido.
Un día, mientras rellenaba su vacío con alcohol, alguien entró en su apartamento y robó todos sus ahorros. No supo a quién acudir para que lo confortara . No se atrevió a pedir ayuda a ningún conocido, y el solo hecho de pensar en tener que mostrar otra vez su supuesta fiereza en ferias y tugurios le hizo  recurrir de nuevo al alcohol. Bebió sin consuelo  hasta que su mente se embotó y su cuerpo cedió al esfuerzo de seguir  viviendo. Tenía veintidós años.
El resto de la historia es fácil de adivinar para quien haya leído entre líneas y sepa que los médicos siempre han gozado de un poder especial en la sociedad, pues en sus manos está la vida y la muerte de sus pacientes. El doctor Hunter tenía dinero, tenía contactos con las funerarias y se dejó llevar por  su rapacidad.
En los cuentos de hadas  los gigantes suelen llevar una vida de miseria y de muerte prematura. No es ninguna broma ser gigante.
Charles Byrne era un tímido gigantesco que un día decidió que no quería ser exhibido nunca más. No le hicimos caso y hoy, en lugar de ser la guarida de un plácido calamar,  nos muestra desde su vitrina cómo es la timidez por dentro.



Este es uno de los relatos de Hormonautas, el relacionado con la hormona del crecimiento por motivos obvios. Lo vuelvo a subir a modo de señuelo. Si alguien quiere compar el libro lo más rápido es hacerlo a través de la web de la editorial , a un click en este link    http://editorialnazari.com/es/catalogo/856

viernes, 4 de diciembre de 2015

Vídeo de la presentación de Hormonautas en Barcelona


Este es el vídeo que grabaron en la SGAE de la presentación de Hormonautas el pasado 26 de noviembre. Presentaron "in situ" Iván Teruel (escritor y profesor de literatura)  y Alejandro Santiago Martínez ( Editorial Nazarí), en "plasma" Rosana Alonso ( escritora) y en "performance" María José Lesmes ( dirigida por Miguelángel Flores).  Tres presentaciones ( real, virtual y escénica) en una.
¡ Gracias a todos los que participaron de manera directa o indirecta y a todos los que en privado me apoyaron y me desearon que fuera muy bien durante los días previos! Sin ese apoyo una no se hubiera atrevido a "exhibirse" con tanta candidez y alegría.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Presentación de "Hormonautas" en Barcelona.



Este próximo jueves, día 26 de noviembre, a las 19,30 en la sede de la SGAE se presenta el libro "Hormonautas", de una servidora. Los que lleguen a esta información a través de mi blog se pueden sentir personalmente invitados al evento. Ese día necesitaré toda la compañía y el apoyo posible, que una no está acostumbrada a ser la protagonista y , qué caray: que estas cosas no pasan muchas veces en la vida. Pues eso, estáis todos invitados a la fiesta. Presentarán: un representante de la editorial Nazarí y Iván Teruel en vivo y en directo, Rosana Alonso en "plasma", y me han dicho que hay una sorpresa final. ¡Os espero!

sábado, 14 de noviembre de 2015

De los intentos de no crecer

Fotomontaje de Elías Ruíz Monserrat


Cuando la reina Victoria, una acomodada familia londinense sufre una terrible tragedia: el hijo mayor fallece con trece años en un accidente. La madre se repliega en un duelo implacable y sin fecha de caducidad. Tan contundente es su decisión de penar sin consuelo que se olvida de que tiene otro hijo. El hermano menor, James Matthew, vive el peor de los abandonos posible: aquel en que los seres queridos están simultáneamente presentes y ausentes.
En uno de sus delirios, un día la madre ve recortada la figura del pequeño a través de la puerta y por un momento cree, eufórica, que ha regresado su hijo favorito. Al reconocerlo emite un demoledor: “Ah, eres tú”. El niño transita su infancia oyéndole decir que sólo le conforta pensar que David murió siendo perfecto, inocente, apegado a ella… y jamás se echaría a perder haciéndose mayor.
Su desesperada manera de complacerla es no crecer. Al final, irremediablemente, se hace adulto, un escritor famoso, pero nunca supera el metro y medio de estatura. J.M. Barrie triunfa con sus textos repletos de criaturas que se resisten a crecer, pequeñas hadas bulliciosas y adolescentes maternales que se preocupan de niños diminutos tan perdidos como él.



Con este texto he participado en la convocatoria de Esta noche te cuento con el tema "A mi manera". Finalmente ha sido seleccionado este micro entre los relatos ganadores de esta temporada y paso a formar parte in extremis del libro de Esta noche te cuento. Me hace muchísima ilusión. 


domingo, 8 de noviembre de 2015

Los inocentes

Miquel Barceló 



Cada vez que el benefactor holandés visitaba la aldea etíope, los nativos lo envolvían en una vibrante espiral de cánticos, máscaras y gestos hospitalarios que  proporcionaban un sentido rotundo a su vida. Después regresaba al frío azulado de su país. Dirigir su empresa no era más que un insulso paréntesis entre viaje y viaje.
Un otoño, en un gesto de extrema coherencia, decidió deshacerse de todo y marcharse a vivir entre esos seres auténticos e inocentes.
Al principio lo acogieron. Después se dieron cuenta. Desde entonces mendiga por las calles polvorientas, pálido y absurdo como una sombra o un espejismo.





Con este microrrelato he ganado el concurso de Wonderland ( Ràdio4 RNE) esta semana, del 2 al 8 de noviembre  ( 100 palabras exactas es el requisito para este concurso) 


jueves, 29 de octubre de 2015

Booktrailer de mi libro de relatos "Hormonautas"


Subo este vídeo que grabó mi sobrino Elías Ruíz Monserrat (ver sus fantásticas fotos aquí ) para promocionar mi primer libro ( individual) de relatos,  "Hormonautas", que está a punto de publicar la Editorial Nazarí. En un par de semanas estará en venta y el día 26 de noviembre haremos la presentación en Barcelona, en la sede de la SGAE.
Estoy muy contenta y muy agradecida a todos los que han colaborado para que semejante fantasía se haya materializado. En el booktrailer mi procesador de texto ( pirata) y yo  intentamos explicar visualmente qué narices significa el término Hormonautas, de qué va el libro, como si fuera tan fácil...

Estáis  tod@s invitad@s a entrar de alguna manera en mi cabecita, leyendo estos textos.Solo si os apetece, nada de forzar a nadie a tirarse de cabeza en un café, por supuesto.                                    



La cubierta del libro. Fotomontaje de Pilar Mandl 


miércoles, 14 de octubre de 2015

Temporada otoño-invierno


Foto de Juan Morán

El chico alto de la perilla le ajusta el cuello de la gabardina y a continuación le dedica media sonrisa inclinada. Nadie más sabe vestirla y desnudarla con esa exquisita mezcla de pasión y delicadeza.
Un ejército de mujeres inexpresivas como maniquíes merodean a su alrededor, mientras deslizan las perchas de las nuevas camisas con la aparente ligereza con la que se toca un arpa.  
Él le ciñe el cinturón, estira una manga. Luego se retira levemente para contemplar el efecto. Ella permanece inmóvil, como corresponde a las de su especie, pero en cuanto la toma en sus brazos para colocarla en el sitio, el carmín agrietado de su boca emite una luminosa sonrisa que sólo él puede ver.
Rodeada de frutos secos y de hojas rojizas, le observará de reojo desde el  escaparate deseando que llegue la temporada primavera-verano.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Pulseras con pinchos

    


     Empezar a trabajar —recién licenciada— dando clases a los cursos más altos en un centro de formación profesional de un barrio marginal tiene dos posibles consecuencias: o bien un suicidio profesional en toda regla con una difícil recuperación de los niveles de autoestima, o bien la formación de una capa de piel tan gruesa  que nada de lo que ocurra después llegue a ser realmente preocupante.
Cuando firmé el contrato no tenía ningún referente y me pareció sensato impartir seis clases diarias. Pensé que era una lástima que ninguna de ellas fuera de mi especialidad, pero acepté dar clases de química, matemáticas y física a seis grupos, con distintos temarios adaptados. Nadie me advirtió que esas asignaturas eran las “marías” para unos alumnos que solamente se encontraban en su salsa destripando coches en un taller, desmontando un circuito  o tecleando una máquina de escribir.
Tengo recuerdos difusos porque han pasado más de 25 años desde el día en que me planté ante la clase de “los eléctricos”. Recuerdo un aula enorme, con  35 chicotes de 18 años vestidos con camisetas heavy metal. Probablemente no todos las llevaban, pero me acuerdo como si fuera ahora de la indumentaria, las melenas y las pulseras con pinchos de los que se sentaban en la primera fila. Los miré y les dije sin mucha convicción: Soy vuestra profesora de física. Me parece que ellos tampoco se lo acabaron de creer.
Después vinieron las administrativas, cuyos complejísimos peinados y maquillajes contrastaban con la camiseta de algodón y los tejanos de su profesora, que llegaba a dar las matemáticas especiales con la cara lavada. Los delineantes resultaron los más abordables, los mecánicos los más difíciles. Mi misión era convencer a todas las familias profesionales de lo importantes y útiles que eran estas asignaturas. Si conseguía hacerme escuchar.
Me ocurrieron todas las cosas que pasan en las series americanas sobre High schools. No voy a humillarme contando los pormenores, todo el mundo ha visto esas películas. A cualquier profesor que le hicieran una autopsia lo encontrarían repleto de cicatrices, no iba yo a ser menos.
Yo estaba recién casada, viviendo en un apartamento oscuro y húmedo, en el cual cada mañana  dedicaba cinco horas a prepararme las seis clases que daría por la tarde de tres a nueve. Luego iba a hacer las fotocopias a la copistería del barrio, comía pronto y me iba hacia el centro de FP, diciéndome a mí misma que había tenido mucha suerte de encontrar un trabajo nada más terminar la carrera. Cuando por la noche regresaba, molida, entraba en mi estudio y tachaba con una cruz el día en el calendario.
Con el paso de los meses noté que, aunque los alumnos seguían haciendo de las suyas, llegó un momento en el que me tomaron un cierto cariño. Y yo a ellos. El momento culminante, en el cual tomé conciencia definitiva de ello, fue cuando uno de los eléctricos me dijo un día al salir de clase: Profe, este viernes vamos al Corte Inglés, ¿necesitas alguna cosa?. Ofrecerse a “afanar” algo para su profesora era una señal de amor verdadero.
El curso siguiente, con el calendario del curso anterior lleno de tachaduras todavía presidiendo mi mesa de estudio, aterricé en un centro con alumnos de clase media, haciendo un horario razonable de clases de biología, mi asignatura.
Sin hacer nada especial, en la presentación del primer día todos los alumnos se dieron cuenta de que tenía la epidermis de un lagarto. De repente tenía  autoridad. Me escucharon con los ojos bien abiertos, como si hubiera llegado una profesora llevando  pulseras con pinchos en sus muñecas.



Empiezan las clases de un nuevo curso. Subo este texto como un pequeño homenaje a los alumnos que vuelven a las aulas... y sobre todo a los profesores que entran como tales por primera vez en una de ellas. También lo muestro por si algún editor se pasa por aquí: este texto es la versión en castellano de una de las situaciones narradas en el libro "100 situacions extraordinàries a l'aula", escrita a cuatro manos con Jordi de Manuel. Disponemos de todo el libro escrito en castellano, pero de momento no encontramos quién se anime a editarlo.No pierdo nada por tentar a la suerte. 
                                         



lunes, 31 de agosto de 2015

Sin manos

Ilustración obtenida del blog Esta noche te cuento 


El día en que le quitaron las dos ruedecitas a la bicicleta azul, Carlos sonrió de una forma extraña a sus papás, que le animaban a circular “solito” por el patio mientras le impulsaban -apoyando disimuladamente sus manos en el sillín- y se miraban complacidos. Pero su emoción fue excesiva. Un repentino viento del norte y la ligera pendiente del tiempo, propicia al despegue o al skateboard, hicieron el resto.

Desde que perdieron de vista la silueta de su hijo adolescente, pedaleando allá arriba contra un fondo de nubes de color violeta, no hacen más que preguntarse -leyendo y releyendo las páginas del manual de autoayuda para padres primerizos- en qué puñetera instrucción lo habían perdido. 


Con este texto he participado en el certamen Esta noche te cuento en la edición cuyo tema eran las bicicletas.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Miss U


Mi sobrino Elías tiene 18 años. Y un talento enorme para contar historias...a través de imágenes. No me puedo resistir a compartir este vídeo con el que obtuvo el premio de final de curso en su instituto de Inglaterra. Vale la pena verlo y disfrutarlo.

domingo, 19 de julio de 2015

Historia del Arte

Polisello, 1997

Las casullas, bordadas con oro y sedas policromas, ligeramente herrumbrosas. Los rostros de los ángeles lucían carcomidos por una viruela irreverente. La lápida de alabastro con inscripciones en hebreo, latín y griego, en cambio, resistía el paso de los siglos con dignidad.

Dejo constancia de cómo encontré todo al llegar, para que la historia no atribuya solamente al paso del tiempo el deterioro que han sufrido las piezas del museo catedralicio desde que mi enemigo logró acceder al antiguo dormitorio de los canónigos, donde se guardan los más preciados tesoros.

Digerir el arte e interiorizar sus motivos a veces cuesta una vida.

Con él desaparecerán secretos de obispo, tapices góticos y la geografía de las diócesis más antiguas.

Su principal objetivo han sido los códices y los manuscritos medievales. El bocado más  sabroso: un pergamino que olvidé una noche en el taller de restauración. Con el retablo de la transfiguración ha conseguido mantener sus incisivos bien afilados. La lápida trilingüe siempre se le resistió.

Por fin ha sucumbido. Tan saciado estaba que he tenido que recurrir al Emmental. Atrapado entre los hierros, me mira con ojos desorbitados.

Y no sé qué hacer con ese compendio vivo de historia del arte.


Este relato ha recibido una mención en la propuesta dedicada a los "monstruos" de Esta noche te cuento aquí.


viernes, 3 de julio de 2015

La que disimula


Fanny Nushka Moreaux 

Por fin me decidí a pedir hora con el psiquiatra. He de reconocer que no salió del todo bien. Me ocurrió como a Marge Simpson en aquel episodio en el que gana un premio consistente en que una empresa le haga una limpieza a fondo de su casa.
Entré decidida a explicarle mi mejor metáfora. Que mi alma es una lámina de cristal. Dura y brillante, pero frágil y quebradiza. Que se raya o se rompe al menor contacto. Y que cuando  -después de cada golpe- intento reconstruirla, cada vez faltan más piezas. La lámina original, esmaltada y tersa, se está transformando en un mosaico de fragmentos irregulares unidos entre sí por un cemento sucio y gris. 
Pero comencé contándole lo afortunada que me siento, la enorme capacidad que tengo para disfrutar con cualquier cosa, la desmedida pasión que pongo en todo lo que hago y lo estimulante que me parece la vida: un sorprendente e inesperado regalo diario. 
          Justo cuando iba a empezar con el motivo de mi visita, me dijo que daba gusto escucharme. Que para él, acostumbrado a gestionar tantas miserias, era una gozada atender a una persona tan vital.
Yo quería haberle dicho que últimamente -a veces y sin previo aviso- me asalta un sobrecogedor deseo de desaparecer. Que entonces me voy a al garaje, me encierro en el coche, lloro, susurro que me quiero morir…, y cuando noto que he asustado un poco al monstruo, regreso con mi marido y mis tres hijos, que no parecen percatarse del rímel corrido y las ojeras.
        Marge se deslomó haciendo zafarrancho los días previos a que viniera la empresa de limpieza, no se fueran a creer esos señores que era una guarra. Yo no he acudido a mi segunda cita, a ver si ese médico tan agradable va a pensar que estoy loca y me va a hinchar a pastillas. 


jueves, 25 de junio de 2015

Microfilias

En el número de verano (aquí )/ invierno ( allá ) de la revista literaria argentina Microfilias han publicado cinco de mis microrrelatos. Vuelo cual águila de un continente al otro.  ¡Muchísimas gracias a su editora, Patricia Nasello!



lunes, 15 de junio de 2015

Pérez


            
Foto tomada en 1997 en la playa de San Juan ( Alicante). Ana y Sara.  



         Se requiere un tenaz empeño para conseguir la pieza. Usar todas las herramientas al alcance: dedos, palillo, hilos…y esa apisonadora de color rosado llamada lengua, que indaga, percibe la debilidad, acaricia, presiona, se retira y luego regresa suave pero obsesiva. Tres días. Cada vez está más suelto. Un dedo lo empuja. Sentir la deliciosa intimidad de acompañarlo en su lento balanceo hasta que cede y solo un hilillo lo mantiene unido a la encía. Ese instante único en que el diente pende sobre el abismo, y después el gozo de depositarlo en la palma de la mano.
          Qué diferente es lo que siente cuatro décadas después, en la consulta del dentista. Esta vez la demolición dura unos minutos. Sucede que la raíz del iceberg se rompió y hay que arrancar la muela a trozos. Taladros, chorros de agua y diminutos martillos se introducen en la boca como una diligente brigada de mineros. Los fragmentos de roca viajan por el desagüe en cada enjuague. Sabe que cuando vea el hueco se sentirá incompleta, culpable, mortal.
        Al llegar a casa abre el álbum. Desde la foto, la niña le dedica una sonrisa desdentada y le ofrece, orgullosa, una moneda. El valor exacto de la parte más dura de su cuerpo.


lunes, 1 de junio de 2015

El lado humano del escritor

Fotografía tomada en un museo de Nottingham 

Ha llegado con tiempo suficiente. Se sienta en la primera fila. Deja el bolso en su regazo, se pone las lentes bifocales y hojea el folleto con el resumen del libro que hoy se va a presentar en la sala Cervantes del Ateneo Cultural.
Ha conseguido un abono para todas las conferencias de la temporada. Las tardes de los martes y los jueves solucionadas por tres meses. Por suerte lo puede compaginar con los conciertos y con la merienda de los viernes con las otras viudas. El escritor de hoy le atrae especialmente. Maduro pero iconoclasta. Un peso pesado del mundillo cultural. Ha leído alguno de sus libros. Buenas críticas, conocido y respetado por el público, pero con un toque de escritor de culto, para minorías preparadas como ella.
La sala va llenándose de gente. Aparece el escritor. Impresiona, con esa camisa azul grisácea y ese aroma a after-shave de marca. Parece que emana autoridad pero a la vez se desenvuelve con la mayor naturalidad. Llegan amigos. Le saludan. Su editora. Bromas inteligentes. El escritor atiende a todos mientras de reojo observa satisfecho cómo se va llenando la sala de gente interesante y discreta. Le presentan a amigos de amigos. Señoras maduras le dicen con voz minúscula lo mucho que lo admiran. Conversaciones informales pero controladas con mano de hierro por el escritor, que consigue acabar su pavoneo en el preciso instante en el que aparece el librero dispuesto a presentarlo tras los cinco minutos de cortesía pero respetando a los que han llegado a tiempo.
A Elvira le encanta presenciar la trastienda de las conferencias. El antes y el después. Suele llegar con mucho tiempo y se sienta con aire ausente en las primeras filas. Saca un libro o su agenda, y simula leer muy interesada, mientras afina sus antenas y se concentra en disfrutar de todos los detalles del comportamiento del escritor y su séquito. Le apasiona observar “el lado humano“ del artista.
Pero lo que más le interesa es “el después”. La metamorfosis de escritor a persona una vez se ha relajado, se queda con los íntimos y se quita la máscara. A veces nota que a medida que se aproxima ese momento final va segregando saliva en cantidades crecientes. No puede evitar pensar en el perro de Pavlov. Para esos casos lleva unos caramelitos de eucaliptos muy socorridos.
La conferencia transcurre según el guión previsto: lectura de un fragmento de su nuevo libro, y preguntas del público. A Elvira no le gusta demasiado lo que el autor lee, sin entonación alguna. El escritor confiesa con falsa modestia que a “él” no le gusta leer su propia obra en voz alta porque se da cuenta de algunos fallos que ya no está a tiempo de corregir. Después pide intervenciones porque quiere conocer la opinión de sus lectores.
Contestaciones ocurrentes. Otras poéticas. Todo muy literario, con ese aire de elegante facilidad que tienen los que notan que ya han pasado por el trámite y han salido airosos.
Elvira nota como el ego del escritor se inflama y flota, como su perfume, ocupando toda la sala. Mira a su alrededor. Parece que nadie más se percata de ese volumen aplastante. Espera con impaciencia el final y se demora, como siempre, para escuchar las conversaciones off the record.
La estrategia de hoy está minuciosamente planificada: hará como que hurga en el bolso buscando la funda de sus gafas, después carraspeará, sacará un caramelo de eucalipto, le quitará el papel, buscará una papelera, volverá a por el bolso…cree que con eso bastará para detectar el lado humano. Pero no hace falta. Al abrir el bolso oye cómo el escritor se acerca a la editora y le pregunta sin ningún complejo: ¿Qué tal? ¿Cómo lo he hecho?
A Elvira se le cierran las compuertas de la saliva. De un compuertazo. Se queda seca.
No sabe por qué misteriosa asociación de su mente acaba de acordarse del desenlace de su lejana noche de bodas, en la que su Manolo, que Dios tenga en la gloria, inauguró la secuencia que explotaría durante toda su vida sexual en común: primero la lección magistral y a continuación la pregunta.
            Ella, como la editora, también respondía invariablemente de forma positiva, le hubiera gustado o no.

Se levanta de la silla y se va sintiendo a la vez asco y ternura por esa pareja tan vulgar. 


domingo, 24 de mayo de 2015

La que habla





        Al final consigo echar una cabezadita. Pero cuando la azafata me despierta preguntando si quiero jugar a un Rasca y gana solidario, la señora del asiento de delante continúa dale que te pego, haciendo eso que ella hace con el lenguaje. Constantes ráfagas de palabrería ametrallan a la pobre desconocida que el azar ha sentado a su lado. Arma más jaleo que las cotorras, los atascos de tráfico y las hormigoneras. Más que una lavadora centrifugando. Tiene una de esas voces de alta frecuencia que consigue perforar el mapa de sonidos ambientales, incluso el rugido de fondo del avión queda silenciado tras la retahíla de argumentos que le propina a su víctima. Sin pausa, sin posibilidad de réplica, sin respiro.
La boca se le abre y se le cierra, y por ese orificio vierte un exuberante catálogo de lugares comunes ensartados por conectores de reality televisivo: A fin de cuentas,  Y yo voy y le digo, Tú ya me entiendes, Esta sí que es buena, Cojo y le suelto, Para acabarlo de arreglar, La verdad es que y En realidad.
Veo, a través del espacio entre los respaldos, cómo se eleva su busto cuando explica que lleva camiseta térmica por recomendación de su hija, cómo se le mece el flequillo de peluquería mientras todos nos enteramos de que sus nietos viven en Inglaterra y hablan tres idiomas, porque los niños son como esponjas. Carnosa y rubicunda, vibra como un diapasón metido en un flan. Su organismo radiante podría usarse para generar electricidad, incluso para hacer volar este avión por cuya ventanilla querría escaparme en este momento.
Solo deseo aterrizar y dejarla atrás. Aunque sé que volveré a encontrármela. En otro viaje, en el trabajo, en la calle. Encarnada en otros sujetos: hombres, mujeres, adolescentes, niños. Clones de un tipo de alienígena que dice siempre las mismas cosas y de la misma manera, que se consume quemando palabras de baja calidad, robando atención, entrando como un tanque en el sistema nervioso de los demás. 
Y entonces, ocurre. Cuando sus palabras y las radiaciones que emite ocupan todo el espacio en la cabina del avión y en mi cabeza, se disparan las alarmas de despresurización y salen disparadas las máscaras de oxígeno. O quizás sea debido al alarido que surge de mi garganta, como una onda expansiva, y deja a todo el mundo en silencio. Bueno, a todo el mundo no. Ella se vuelve, me dedica unos morritos fruncidos de color fucsia, y a continuación continúa explicándole las ventajas del sistema educativo inglés a su sufrida compañera de viaje, que asiente como un autómata atascado.


 Fotomontajes de Elías Ruiz Monserrat 






lunes, 18 de mayo de 2015

Sublimación






Y las azules, las del abuelo con la barba del mismo color, son prodigiosas. Salen enseguida, derrapan por el tablero, devoran, cuentan hasta veinte, y a continuación se esconden en su casa. Las tres jugadoras de turno agitan los cubiletes con sus manos de pergamino y contemplan embelesadas a este campeón tan fiero y seductor, mientras hacen como que se olvidan de contar.

Y es que no lleva nada bien que las nuevas auxiliares de enfermería del asilo le hagan carantoñas con todo el descaro de su juventud. A él.  Sin sospechar en absoluto de lo que sería capaz si pudiera mover ficha de verdad. 





La  semana pasada me animé a enviar un relato al REC  ( Relatos en cadena, de la SER). Solo he enviado tres  en todo el tiempo que llevo escribiendo, no va conmigo tanta presión y limitaciones. Esta vez lo hice porque la frase del inicio era la última de mi amiga Mel Nebrea, ganadora de la semana anterior.Me costó escribirlo en tan poco tiempo. Y no ha habido suerte, claro. Pero igual valió la pena intentarlo.Va por tí, Mel, ¡y suerte en la final mensual!.   


miércoles, 13 de mayo de 2015

One million years B.C.




Si el asteroide no hubiera provocado un cráter de diez kilómetros en Chicxulub, península de Yucatán, jamás habrían existido las actrices. Ni los directores de cine. En lo que a mamíferos se refiere, se esperaría que malvivieran solamente algunos escurridizos ratoncitos.
Ligar nuestra existencia a la azarosa trayectoria de semejante pedrusco nos deja confundidos y meditabundos. Algunos sienten una culpabilidad cretácica y se justifican con delirantes argumentos. Uno de ellos defiende que permitir que la despampanante Raquel Welch anduviera en biquini entre dinosaurios en aquella película ha sido el único intento  –inverosímil, anacrónico, sí, pero necesario– de rendir tributo a quienes estaban predestinados a ser los auténticos  terrícolas.


miércoles, 6 de mayo de 2015

Familias sin fronteras






 El papá gordo, la mamá flaquita. Ambos cuarentones. Pasean por el aeropuerto de Orlando con dos niños rubicundos y ostensiblemente miopes. Los cuatro mascan chicle y visten de uniforme: pantalón corto de color rojo, sandalias con calcetines blancos, camisa floreada y gorra de Goofy con orejotas negras colgando sobre sus propias orejas. Se exhiben indolentes, ajenos al efecto que producen.
Los observo sentada en la sala de embarque mientras simulo hojear una revista. Ellos nos miran de reojo. Familias del mundo reconociéndose por encima de razas y estilos. Mirándose ligeramente  por encima de sus orejas,  aupados mucho más allá de sus ombligos.
Durante un instante, mis dos hijos  —morenos, con sus polos blancos y sus discretos pantalones beige— desearían pertenecer al club Disney, y los pequeños Goofys americanos querrían, en un descuido, huir de sus padres de ficción.
El desfile de canes se dirige a una puerta de embarque distante, produciéndome un enorme alivio y el inexplicable deseo de encontrarme acurrucada en el sofá de mi casa.
Ya sentados en el avión, mi marido y yo filosofamos sobre lo azaroso del destino de las personas dependiendo del lugar de nacimiento. A continuación, vuelvo la cabeza hacia el asiento de atrás para sonreír a mis nenes. Tengo que parpadear con fuerza porque me ha parecido ver dos hocicos de perro sobre sus correspondientes cabezas rubias y miopes, volando de regreso a Barcelona.



viernes, 1 de mayo de 2015

Un experimento científico

  

Tras dos décadas investigando en el zoológico de Cincinatti, el eminente naturalista se trasladó al Congo para observar a los sujetos en su medio natural.
Se encerró en un cubículo de bambú. Desde allí estudiaba sin interferencias —a través de un orificio disimulado con una planta trepadora el lenguaje de los chimpancés. Registró su parloteo, transcribió sus palabras llenas de vocales, las comparó con las que había grabado de los simios cautivos y descifró treinta de ellas que significaban cosas tan aparentemente humanas como me alegro, te saludo, me duele, déjame en paz o qué sorpresa. También le pareció detectar alguna que otra mentira.
Al principio se acercaban tímidamente, atraídos por los sonidos del fonógrafo que reproducía los alarmantes mensajes de los chimpancés del zoológico. Con el tiempo se turnaban para asomarse por las rendijas emitiendo chillidos de placer y observar al científico mientras éste tomaba notas y trataba de imitar su idioma.
Un día, cuando la jaula del profesor ya formaba parte del paisaje, se reunieron en consejo los chimpancés más ancianos. Discutieron en su complejísimo lenguaje si las condiciones del cautiverio impedirían revelar el comportamiento que tendría el animal en libertad.
Aunque no pudieron realizar más réplicas del experimento, al final llegaron a la rotunda conclusión de que los humanos no poseían un lenguaje articulado que tuviera significado alguno.





miércoles, 22 de abril de 2015

Wingardium leviosa

Fotografía de Elías Ruiz Monserrat 


O se han confundido de brebaje o he dicho mal el encantamiento. Los objetos continúan aplastados contra la horizontal. Ideas y sueños siguen reptando cual gusanos. En cambio, noto una extraña perturbación sensorial: ayer en la piscina una cola de sirena hizo splash en el carril de al lado, y esta mañana en lugar de la intratable vecina del tercero ha entrado un troll en el ascensor.

El folleto decía: “Elevamos sueños, le permitimos levitar unos centímetros por encima de la realidad“. Yo solo quería sentirme ligera. Está claro que una no debe fiarse de los hechiceros no adscritos a la Seguridad Social.









Con este microrrelato participé, sin suerte, en el I Premio de microrrelato IASA Ascensores ( el requisito era que el micro incluyera la frase: "elevamos sueños"). Yo sigo bajo los efectos de la magia , levitando un poquito y viendo cosas raras...como siempre,  por otra parte.

jueves, 16 de abril de 2015

Botánica para enamorados/ Botànica per a enamorats



El cuadro es de José Luís G. Tercero


Con los niños de cinco años me gusta trabajar las rimas y las adivinanzas como una forma de que adquieran vocabulario e incorporen el ritmo en el lenguaje. Les encanta repetir la adivinanza y a continuación intentar acertarla. Cuando deducen su significado levantan la mano, y  por riguroso orden van dando sus interpretaciones.
Ese día tocaba un versito de tema botánico. Decía algo así como: “Su aroma consigue a los enamorados cautivar, pero si la tocas te puedes pinchar”
Jonathan fue el primero en levantar la mano. Era un crío muy espontáneo, al que le costaban horrores los números, pero que conseguía hacerme reír por dentro cada día con sus ocurrencias tan apegadas a lo concreto, a lo simple, a su experiencia de la realidad.
Le pregunté si estaba seguro de querer explicar qué significaba, si no se lo quería pensar un poco más. Su cuerpo grandote se sacudió en una protesta a mi desconfianza. Insistió en que él lo sabía, que se lo dejase decir.
Cedí. Pensé que, al ser tan fácil, sería una buena ocasión para reforzar su autoestima alabándole la respuesta.
—Es un cardo —soltó, contundente y triunfal.
—¿Un cardo? —abrí los ojos, desprevenida.
—Cuando voy en bici con mis hermanos por el huerto cogemos cardos. ¡Y pinchan! —se justificó, tan tranquilo.
—Sí, pero no cautivan a los enamorados —maticé, todavía descolocada.
—…¡Y yo qué sé quiénes son esos! —dijo, encogiéndose de hombros, como si me echase la culpa por enseñarles esas palabrotas tan raras.

Esta vez la risa me explotó en la garganta sin ninguna contención.




Amb els nens de cinc anys m'agrada treballar les rimes i endevinalles com un mitjà perquè adquireixin vocabulari i incorporin el ritme en el llenguatge. Els encanta repetir l'endevinalla i tot seguit intentar encertar-la. Quan dedueixen el seu significat aixequen la mà, i per rigorós ordre van expressant les seves interpretacions.
Aquell dia tocava un verset de tema botànic. Deia una cosa així com: "El seu aroma aconsegueix als enamorats captivar, però si la toques et pots punxar".
Jonathan va ser el primer a aixecar la mà. Era un noi molt espontani, al que no li agradaven gens els números, però que aconseguia fer-me riure per dins cada dia amb les seves ocurrències de la mà de tot allò que era concret, simple, en el context de la seva realitat.
Li vaig preguntar si estava segur de voler explicar què significava, si no volia pensar-s'ho una mica més. El seu cos rodanxó es va sacsejar tot protestant a la meva desconfiança. Va insistir en què ho sabia, que li ho deixés dir.
Vaig cedir. Vaig pensar que, en ser tan fàcil, seria una bona ocasió per reforçar la seva autoestima lloant la resposta.
—És una carxofa —va etzibar, contundent i triomfal.
—Una carxofa? —vaig obrir els ulls com plats, desprevinguda.
—Jo, quan vaig en bici amb els meus germans per l'hort agafem carxofes. I punxen! —es va justificar, tan tranquil.
—Sí, però no captiven els enamorats —vaig matisar encara descol·locada.
—... i jo que sé qui són, aquests! —va dir, tot arronsant les espatlles, com si em donés la culpa per ensenyar aquestes paraulotes tan rares.
Aquesta vegada el riure em va esclatar a la gola sense cap contenció.