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miércoles, 9 de agosto de 2017

Páginas en blanco


Duane Keiser 


Esta tarde me he sentado un buen rato en el sofá donde pasaba las horas mi padre estos últimos años. Al lado, en la mesilla, las gafas y su agenda marrón. La he abierto. Escribía a diario con su letra de médico. Notas encabalgadas unas sobre otras que días después, cuando conseguía hacer los recados,  tachaba. Sus hijas, sus cuidadores, sus obsesiones y sus visitas médicas se amontonan en esas páginas minúsculas encajadas sobre cuatro anillas antipáticas y pellizconas.
Todo repleto, en un caos que sólo él controlaba, justo hasta el día del ingreso. Después, de repente ya no hay nada.  Probablemente uno de los disfraces de la muerte sea el de las páginas en blanco. Sólo una nota en ese páramo  vacío: la inyección que tenía programada para hoy.
He estado a punto de tachar esa nota. De romper esa página. De aullar. De acercarme al ambulatorio y reñir al médico por haber programado esta visita imposible.
Pero al final no me he atrevido a mancillar un futuro de su pasado que nunca llegará, aunque coincida con este preciso instante. He vuelto a dejar la agenda sobre la mesilla, como quien abandona el mapa de un territorio ignoto y peligroso. Y he regresado a la tranquilizante línea del tiempo. He apuntado en mi agenda que mañana tengo que seguir vaciando los armarios del piso de mis padres.