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lunes, 22 de enero de 2018

Pura vida, apuntes de un viaje navideño (I).



Trasladarse  y conversar       
Life is weird. Esa fue la moraleja a la que llegó, tras explicarme un episodio de su primer trabajo. Steve viajó a los once años desde Azerbaiyán a Estados Unidos para estudiar y vivir con una familia americana. Su padre llevaba demasiado tiempo diciendo que un día se irían a vivir a los Estados Unidos, estaba obsesionado con esa idea. No quería contradecirse a sí mismo, pero antes de ir él envió a su hijo de avanzadilla. Ocho años después le alcanzaron los demás: los padres, cinco hermanos y seis hermanas. El padre trabajó toda su vida en un bazar, en Brooklyn. Murió diez años atrás y la madre quedó viuda al cargo de unos cuantos hijos menores.  Ahora él tiene 38 años y una cara de pillo que inmediatamente me fascinó y me puso en alerta.  Viaja a San José de Costa Rica sentado a mi lado en el avión de United que acaba de salir de Newark congelado. No tardamos ni diez minutos en empezar a dosificar nuestras autobiografías en capítulos aleatorios.  No hay problema, tenemos cinco horas por delante y Quique se duerme enseguida (¿No tendrá celos tu marido de que hables conmigo?, me pregunta en un momento de la conversación). Tiene cuatro días libres, ha puesto el dedo en un mapamundi hace unas horas y ha comprado un billete de avión. No ha reservado nada, algo encontrará. Es la única manera que tiene de desconectar de su trabajo coordinando camiones de mercancías.



A las dos y media de la madrugada de mi reloj, con la hora española todavía sin cambiar, estoy escuchando las historias que me cuenta un perfecto desconocido. Difícilmente se me ocurriría hacer algo así  en mi país,  ni en mi idioma. Me entero de que tras la debacle económica del 11-S se vio obligado a dejar sus estudios universitarios en el segundo curso y a buscarse la vida. Por momentos puedo salir de la conversación y observar la escena desde un lugar que se dilata como una extensión entre mi piel y el techo de la cabina, para enseguida volver al interior de mis vísceras. Me sorprendo interesándome por la historia, como si no fuera siempre la misma. Pero incomprensiblemente, no me canso. Siempre me ha chiflado escuchar, desde que de niña me sentaba en un rincón a registrar con disimulo las conversaciones de las visitas de mis padres. Reclutó a Wellington, un negro grande como un armario ropero, como socio para su nueva empresa.  Fueron al desguace a buscar uno de esos autocares escolares amarillos que cuando llevan tropecientos quilómetros son considerados ruinas inservibles. Lo pintaron, le quitaron los bancos. Y se anunciaron en internet como empresa de mudanzas. El primer servicio fue una mudanza desde una casa muy pija de Manhattan a otra de New Jersey. La lady no podía creer lo que veía: una mole afroamericana y un judío skinny y  liante intentando dar gato por liebre. Le oyó decir por teléfono a su marido algo así como que esos “fucking-sons-o’-bitches han metido nuestros muebles en un autocar escolar”.

Steve me habla de sus dos matrimonios fallidos, de los dos hijos que tuvo con su segunda esposa, uno de los cuales le había subido a su móvil un juego el último fin de semana que estuvo con ellos. De las diferencias culturales irreconciliables entre su exmujer, americana de pura cepa que siempre acuesta a los hijos a la misma hora y no permite que las circunstancias se interpongan en lo que ella consideraba que es correcto, y su carácter inquieto y aventurero. Pero él adora a sus hijos, lo pasa de maravilla con ellos.  Mientras lo dice,  una veta de melancolía  atraviesa su mirada y, como si de repente buscara un sentido, me suelta: “Tú puedes planificar si quieres, pero luego las cosas salen como al destino, o a Jesús o a Mahoma o a algo exterior a ti le place. No controlas casi nada. Life is weird.



A lo largo del viaje por Costa Rica, posterior a este vuelo, tuve más oportunidades de escuchar historias improvisadas, resúmenes de vidas que se intercambian como cromos para contárnoslas a nosotros mismos y a otros, siempre y cuando los interlocutores sean personas   desconocidas a las que no vamos a ver nunca más. Curiosamente también fueron hombres, llenos de cicatrices por fuera y por dentro pero capaces de comunicarse con lo que al principio creían que era una gringa. Como el viaje lo organizó mi hijo con los estándares del presupuesto con el que se manejaba él en ese país y su proverbial austeridad, los cincuentones de sus padres hicieron un viaje de mochileros. Confort mínimo. Máxima exposición a un entorno puro, sin adulterar por los circuitos de las agencias de viaje.  Nos desplazamos siempre en autocar, espacio  ideal para confidencias ante la perspectiva de trayectos de al menos cuatro horas.  
Así, en el trayecto hacia el volcán Irazú, mientras el autocar jadeaba subiendo el desnivel de 3000 metros que había desde la capital hasta el volcán, mi vecino de asiento me resume su historia de costarricense que regresa a su país para una visita a su padre nonagenario, después de vivir desde los 18 en los Estados Unidos. Es la versión mestiza de uno de esos cuerpos maduros pero poderosos pintados por Miguel Ángel o por Leonardo. Un dios, o un esclavo. A punto de jubilarse, ha vivido su particular sueño americano. Con sus hijos y nietos no puede hablar en español. Mi mujer es de allí y yo estaba trabajando cuando los hijos eran pequeños, se justifica. Aunque no  ha conseguido acostumbrarse al frío ya no volvería, me dice. Me habla  modelando sus palabras con sus manos de gigante. Sabía levantar paredes cuando se fue, pero allí aprendió los complementos de electricista, plomero y todo lo demás para que ahora pueda ser el que controla a toda la cuadrilla en las reformas que le encargan.


Las manos del siguiente venden lotería. El autocar va para Chacarita, donde tomaremos otro hacia Corcovado. Todavía no sabemos que tendremos que esperar cuatro horas en una gasolinera en el medio de la nada. Vende lotería y tiene una soda (bar) que regenta su familia. Antes trabajó para la United Fruit Company, o la Yunai, como ellos llaman a la compañía bananera norteamericana. Cuando tenía 21 años, recién casado, la hélice de un tractor le seccionó un dedo y medio (todo el meñique y la mitad del pulgar). Me lo enseña. No parece que le falte el meñique, simplemente si te fijas ves que tiene un dedo menos. Lo del pulgar es más patente. Su mujer le dijo que ya no quería saber nada más de él. Un día, al llegar vio que había vaciado la casa y se había marchado con todo. Luego ha tenido otras dos, pero con la última después de treinta y siete años ya no se llevan bien, aunque viven en la misma casa. Se acabó el amor, así lo dice.


Se baja en Palmar a buscar la lotería. Más tarde entra un señor ciego. Saluda a todo el mundo y felicita el año al conductor. Su mujer le hace una broma cariñosa mientras le guía por un pasillo abarrotado. “¡Córranse, por favor, colaboren!”, pide el conductor cada vez que entra alguien más a un autocar cuya ocupación ya triplica sus plazas. Jesucristo también nos lo suplica desde las ventanas. Se sienta a mi lado y enseguida me da conversación. Me cuenta que está regresando a casa con su mujer y su hija Carla. Él se llama Carlos,  y su mujer es mucho más joven que él.  Se interesa por mi país, por mis hijos, por mi vida. Me dice que aunque no me vea físicamente está muy contento de hablar conmigo. Que salude a mi hijo Carlos de parte de un Carlos “tico” que su mamá ha conocido. Me cuenta, con una tranquilidad inaudita, que perdió la vista en el 2006 después de una operación en el ojo con el que veía mejor. Estaba solo y no pudo demandar. Ahora su mujer le ayuda mucho para ir a los sitios y orientarse. Me habla del portero del Real Madrid, de lo bien que se está en casa, de la gente de su pueblo…de su rutina diaria. Y yo quedo empapada de su alegría de vivir como si se tratara de un chaparrón tropical. 


En mi vida diaria hay una lucha constante entre mi interés por la gente y la discreción que nos imponemos los introvertidos a nosotros mismos.  Entre ver y que me vean, elijo siempre ver sin ser vista.  Pero cuando viajo me transformo en alguien que se atreve a preguntarle a unos extraños cosas tan intimas como si se sintió abandonado cuando lo enviaron a otra familia con 11 años, qué le pasó en esa mano que no tiene dedos, cómo se siente al regresar a su país, o por qué no demandó a  quienes le dejaron ciego.

Con Víctor

No sé explicar este comportamiento por mi parte, pero la cosa funciona así. Y así lo dejo registrado por si algún psicólogo, con un tratado de trastornos de conducta en la mano,  lo quiere intentar catalogar. 

jueves, 11 de enero de 2018

Contrastes

El viaje a Costa Rica del que acabo de regresar ya había sido suficientemente intenso como para escribir una crónica enjundiosa a la vuelta. Mis libretitas bullían de notas e impresiones. Pero el destino se divierte dando quiebros inesperados. En el viaje de vuelta nos cancelaron el vuelo de Nueva York a Barcelona, y Swiss airlines nos regaló tres días extras en la ciudad que nunca duerme. No tuvimos más remedio que visitar un Manhattan glacial y eufórico. El contraste entre lo que había vivido en Costa Rica y las imágenes de NY dieron un valor añadido al viaje. Y es que los dos lugares se comportan de maneras muy diferentes en algunos de los aspectos que conseguí fotografiar. 

                                                     En la distribución vertical de sus edificios





En sus escaparates







En las actividades de las niñas solitarias












En la manera de comer



                                                              


                                                       En sus centros de reunión





   

                                                                              En sus grafittis





                                                                          
                                                                En los edificios y sus carteles
















                                                              

                                                            En la señalización de sus caminos 





                                                          
                                                   En cómo ocupan el tiempo libre las familias


  


En sus carteles publicitarios 



                                                             

                                                        En el tamaño de las hojas de sus plantas 






                                                        En los medios de comunicación ( lo que muestra el guía es una de las espinas que usan los indígenas para sus cerbatanas) 




                                                                 
                                           
                                                           En sus insectos sociales






                                           
                                                    En la forma del agua ( nótese lo mojados que estábamos, tras ocho horas por el bosque húmedo, en mis pantalones) 






 Entre esto pares de fotografías han transcurrido como mucho diez días. Sé que he de sacar alguna conclusión sobre estos contrastes tan significativos que percibí revisando las fotos, pero todavía no soy capaz de plasmarlo en palabras. Sirvan, pues, las imágenes como la forma de lenguaje más adecuada para revelar lo que todavía no se puede verbalizar. 




domingo, 5 de noviembre de 2017

Ruedas de molino

Los de revista penúltiMa me han publicado un relato titulado Ruedas de molino. El tema es duro y poco complaciente, por lo que todavía estoy más agradecida de su publicación. Enlazo aquí  al texto en la web de la revista. La fotografía con el que lo acompañan no tiene nada que ver con el texto pero me parece muy bella.


sábado, 21 de octubre de 2017

Autorretrato en la sala de espejos deformantes


Fanny Nushka Moreaux 

Yo soy…
Compinche esporádica con Pili
crítica literaria con Maite
comadre del colegio con Merche
artista inadaptada con Pilar
ex madre numerosa solidaria con Mercè

Confidente esotérica con Silvia
enemiga de la infancia con Cinta
científica inquieta con Julià
colega de risas con Laureano
no existe etiqueta con Javier

Amiga del alma con Espe
mami viajera con Sara
compañera de una vida con Quique
caminante melancólica con Yolanda
hermana mayor con Susana y con Belén

Madre con huecos en el nido
Hija que no se acostumbra a que ya no puede ser
vecina insociable con mis vecinos
cazadora de fantasmas familiares
profesora enrollada con segundo B

…¿Quién soy yo?


jueves, 5 de octubre de 2017

Concatenación



Fotomontaje de Elías Ruiz Monserrat

Lo que empezó siendo una sucesión de inocentes desfogues sexuales a la salida del trabajo, se convirtió -con el paso de las semanas- en un temerario mirarse a los ojos con una complicidad avergonzada. Últimamente hemos caído en la imperdonable tentación de charlar sobre aficiones y recuerdos de infancia mientras tomamos café. Ambos sabemos que no es bueno jugar con fuego pero ayer leímos juntos el periódico, nos enseñamos fotos de nuestras respectivas familias y echamos unas risas con las ocurrencias de los niños del otro. Nos pasó el tiempo volando y cuando nos dimos cuenta estábamos cansados y ya era tarde para empezar con los rituales amatorios. Ambos somos conscientes de  que este asunto se nos están yendo de las manos.

Esta mañana mi mujer ha descubierto, en un  WhatsApp, el nombre de la novela que ella me quería recomendar. Me ha pillado desprevenido. Al pedirme cuentas no ha servido de nada que yo dijera aquello  de  “… y una cosa llevó a la otra”. Ni que le repitiera mil veces que sólo era amistad. Su mirada implacable no augura nada bueno y los términos legales ya sobrevuelan los oxidados engranajes de nuestro matrimonio.


sábado, 30 de septiembre de 2017

La isla centrífuga


Cada vez que viajo a una isla me entretengo observando las cosas que regurgita el mar.

Hace un año, en el Puerto de la Cruz, me topé con Neptuno. Estaba triste y azul como un gato.






Esta vez, en Mahón, he sido testigo del brinco absurdo que tío Gilito daba desde su yate hasta una terraza frente al puerto. 
También he visto una sirena, un barco pirata y un atardecer rosado y dulce como el algodón de azúcar de la feria.
Irse de una isla se parece demasiado a hacerse 
mayor y dejar atrás -una vez más- la infancia.








 Regreso a la península con la misma melancólica resignación, la piel quemada y el ánimo lleno de acné.


miércoles, 13 de septiembre de 2017

Mantequilla y mermelada




A ellas les daban un chusco de pan. Una tarde con membrillo, la siguiente con chocolate. Se repetía el ciclo, y las que se quedaban el viernes podían disfrutar de aquella mortadela rosada con lunares blancos sobresaliendo por los bordes del panecillo.
Nosotras y las mediopensionistas nos íbamos  a casa mientras formaban las filas frente a la puerta de la cocina. Pasábamos de largo y las mirábamos de reojo. Nuestra merienda era distinta. Solíamos parar en  la churrería del parque para comprar patatas fritas translúcidas, un polo de hielo o media bolsa de churros. A veces, con el dinero de las internas, comprábamos chuches que al día siguiente recogerían en alguna esquina  fugaz y clandestina del patio.
A mí me gustaba ser externa. Comer macarrones con bechamel al mediodía, y carne tierna. O torrijas de postre, con esa mezcla exacta de azúcar y canela que mi madre acabó personalizando para mi paladar. Y dormir en mi aseada cama de hija única. Me daba pena el encierro de mis compañeras. Pero envidiaba sus meriendas colectivas, la mantequilla y mermelada de esos desayunos cómplices, aquella fraternidad de estofados, uniformes y filas. Me imaginaba formando parte de esa comunidad de niñas intercambiables que se relacionaban y se movían como en una coreografía, una especie de sociedad de insectos regida por una inteligencia colectiva y superior que se nutría de chocolate, mermelada y membrillo.
Un día le comuniqué a mi madre mis absurdas fantasías. Le pedí  que me pusiera interna en el colegio. No lo hizo, claro. En su lugar, empezó a cocinar para mí cosas cada vez más ricas y sofisticadas.
Ahora viajo mucho por mi trabajo. Apenas tengo recuerdos de esa época. No he vuelto a ver a mis compañeras, y mi madre ya no está. Soy otra. Muy diferente. Pero cada vez que veo las tarrinas de mantequilla y mermelada en el  buffet de un hotel no puedo evitar que me embargue una honda  sensación de orfandad.