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domingo, 5 de noviembre de 2017

Ruedas de molino

Los de revista penúltiMa me han publicado un relato titulado Ruedas de molino. El tema es duro y poco complaciente, por lo que todavía estoy más agradecida de su publicación. Enlazo aquí  al texto en la web de la revista. La fotografía con el que lo acompañan no tiene nada que ver con el texto pero me parece muy bella.


sábado, 21 de octubre de 2017

Autorretrato en la sala de espejos deformantes


Fanny Nushka Moreaux 

Yo soy…
Compinche esporádica con Pili
crítica literaria con Maite
comadre del colegio con Merche
artista inadaptada con Pilar
ex madre numerosa solidaria con Mercè

Confidente esotérica con Silvia
enemiga de la infancia con Cinta
científica inquieta con Julià
colega de risas con Laureano
no existe etiqueta con Javier

Amiga del alma con Espe
mami viajera con Sara
compañera de una vida con Quique
caminante melancólica con Yolanda
hermana mayor con Susana y con Belén

Madre con huecos en el nido
Hija que no se acostumbra a que ya no puede ser
vecina insociable con mis vecinos
cazadora de fantasmas familiares
profesora enrollada con segundo B

…¿Quién soy yo?


jueves, 5 de octubre de 2017

Concatenación



Fotomontaje de Elías Ruiz Monserrat

Lo que empezó siendo una sucesión de inocentes desfogues sexuales a la salida del trabajo, se convirtió -con el paso de las semanas- en un temerario mirarse a los ojos con una complicidad avergonzada. Últimamente hemos caído en la imperdonable tentación de charlar sobre aficiones y recuerdos de infancia mientras tomamos café. Ambos sabemos que no es bueno jugar con fuego pero ayer leímos juntos el periódico, nos enseñamos fotos de nuestras respectivas familias y echamos unas risas con las ocurrencias de los niños del otro. Nos pasó el tiempo volando y cuando nos dimos cuenta estábamos cansados y ya era tarde para empezar con los rituales amatorios. Ambos somos conscientes de  que este asunto se nos están yendo de las manos.

Esta mañana mi mujer ha descubierto, en un  WhatsApp, el nombre de la novela que ella me quería recomendar. Me ha pillado desprevenido. Al pedirme cuentas no ha servido de nada que yo dijera aquello  de  “… y una cosa llevó a la otra”. Ni que le repitiera mil veces que sólo era amistad. Su mirada implacable no augura nada bueno y los términos legales ya sobrevuelan los oxidados engranajes de nuestro matrimonio.


sábado, 30 de septiembre de 2017

La isla centrífuga


Cada vez que viajo a una isla me entretengo observando las cosas que regurgita el mar.

Hace un año, en el Puerto de la Cruz, me topé con Neptuno. Estaba triste y azul como un gato.






Esta vez, en Mahón, he sido testigo del brinco absurdo que tío Gilito daba desde su yate hasta una terraza frente al puerto. 
También he visto una sirena, un barco pirata y un atardecer rosado y dulce como el algodón de azúcar de la feria.
Irse de una isla se parece demasiado a hacerse 
mayor y dejar atrás -una vez más- la infancia.








 Regreso a la península con la misma melancólica resignación, la piel quemada y el ánimo lleno de acné.


miércoles, 13 de septiembre de 2017

Mantequilla y mermelada




A ellas les daban un chusco de pan. Una tarde con membrillo, la siguiente con chocolate. Se repetía el ciclo, y las que se quedaban el viernes podían disfrutar de aquella mortadela rosada con lunares blancos sobresaliendo por los bordes del panecillo.
Nosotras y las mediopensionistas nos íbamos  a casa mientras formaban las filas frente a la puerta de la cocina. Pasábamos de largo y las mirábamos de reojo. Nuestra merienda era distinta. Solíamos parar en  la churrería del parque para comprar patatas fritas translúcidas, un polo de hielo o media bolsa de churros. A veces, con el dinero de las internas, comprábamos chuches que al día siguiente recogerían en alguna esquina  fugaz y clandestina del patio.
A mí me gustaba ser externa. Comer macarrones con bechamel al mediodía, y carne tierna. O torrijas de postre, con esa mezcla exacta de azúcar y canela que mi madre acabó personalizando para mi paladar. Y dormir en mi aseada cama de hija única. Me daba pena el encierro de mis compañeras. Pero envidiaba sus meriendas colectivas, la mantequilla y mermelada de esos desayunos cómplices, aquella fraternidad de estofados, uniformes y filas. Me imaginaba formando parte de esa comunidad de niñas intercambiables que se relacionaban y se movían como en una coreografía, una especie de sociedad de insectos regida por una inteligencia colectiva y superior que se nutría de chocolate, mermelada y membrillo.
Un día le comuniqué a mi madre mis absurdas fantasías. Le pedí  que me pusiera interna en el colegio. No lo hizo, claro. En su lugar, empezó a cocinar para mí cosas cada vez más ricas y sofisticadas.
Ahora viajo mucho por mi trabajo. Apenas tengo recuerdos de esa época. No he vuelto a ver a mis compañeras, y mi madre ya no está. Soy otra. Muy diferente. Pero cada vez que veo las tarrinas de mantequilla y mermelada en el  buffet de un hotel no puedo evitar que me embargue una honda  sensación de orfandad. 


martes, 5 de septiembre de 2017

La mujer del tiempo



Consigo escaquearme de acompañarla en coche hasta el aeropuerto. Odio conducir por los Scalextrics de las afueras. Ella lo sabe. Siempre acabo perdiéndome. Me dice que no me preocupe, que irá en tren. Lánguidamente le propongo llevarla hasta la estación, pero mi pijama y las zapatillas hablan por mí de manera menos hipócrita.  Abrazo. Que te lo pases súper bien. A ver si hay suerte y hace buena mar para surfear. Sale por la puerta cargando  la mochila y una bolsa de plástico con los bocadillos que se ha preparado esta mañana.  De repente no sé a qué habitación tengo que ir, ni para qué. Cuando  -al rato- me oriento,  oigo el golpeteo de unas gotas furiosas en el balcón. Cierro todas las ventanas. Le escribo un mensaje. Por dónde vas. Te recojo en coche. Pero ya es tarde. Está a punto de llegar a la estación. Y yo la imagino empapada, lentos goterones deslizándose desde sus larguísimas pestañas hasta el suelo, plop, plop, formando un pequeño océano con sus olas y sus vientos. Y  pensando  en la mala madre que le ha tocado en suerte, que ni siquiera es capaz de controlar la meteorología.  

miércoles, 9 de agosto de 2017

Páginas en blanco


Duane Keiser 


Esta tarde me he sentado un buen rato en el sofá donde pasaba las horas mi padre estos últimos años. Al lado, en la mesilla, las gafas y su agenda marrón. La he abierto. Escribía a diario con su letra de médico. Notas encabalgadas unas sobre otras que días después, cuando conseguía hacer los recados,  tachaba. Sus hijas, sus cuidadores, sus obsesiones y sus visitas médicas se amontonan en esas páginas minúsculas encajadas sobre cuatro anillas antipáticas y pellizconas.
Todo repleto, en un caos que sólo él controlaba, justo hasta el día del ingreso. Después, de repente, ya no hay nada.  Probablemente uno de los disfraces de la muerte sea el de las páginas en blanco. Sólo una nota en ese páramo  vacío: la inyección que tenía programada para hoy.
He estado a punto de tachar esa nota. De romper esa página. De aullar. De acercarme al ambulatorio y reñir al médico por haber programado esta visita imposible.
Pero al final no me he atrevido a mancillar un futuro de su pasado que nunca llegará, aunque coincida con este preciso instante. He vuelto a dejar la agenda sobre la mesilla, como quien abandona el mapa de un territorio ignoto y peligroso. Y he regresado a la tranquilizante línea del tiempo. He apuntado en mi agenda que mañana tengo que seguir vaciando los armarios del piso de mis padres.